Monday, January 09, 2012

Doctor Maldoror


Un modesto presupuesto de personalísimas fantasías es el agridulce sustento para soportar otro día. Eso, y la cerveza. Si Sísifo hubiese tenido un par de Stellas Artois todos los días, otro habría sido su talante y su ánimo para aguantar su monótona tarea. Así, yo autor, me invento un alter- ego, maldoror. Este encuentra un ladero, Artie Shaw, con quien comparte el apolíneo gusto por las artes y la tortura, y ya se formó un tándem infernal, dos para triunfar que intervienen quirúrgicamente en obras de arte y en sus artífices con igual delectación y ánimo meticuloso. Y en esta volteada caen cuadros como la Gioconda, a la que le pusieron ojos azules, le tiñieron el pelo de verde, y le hicieron las tetas y el ojete. La Gioconda quedó muy resentida con estos, y con todos los hombres en general, y se lo cogió a Tom Hanks con una prótesis peneana así de grande (hace ademán con las manos) Al 'Grito', de Munch le taparon la boca con una poronga y dos huevos peludos. 10.000 hipsters se suicidaron escuchando OK Computer de Radiohead al ver las fotos de Reuters. A maldoror y a Artie les encantó y siguieron con uno de estos especímenes. Se trata de una clase muy especial de ser humano urbano entre 15 y 35 años. Es delgado, lleva pantalones chupines y bufanda, cinto blanco color hueso y sweater entallado y cortito. Vió todas las películas de Godard, Woody Allen, Bergman, y John Cassavettes. Detesta todo lo mainstream, y el heavy metal. Le son ajenos esos ámbitos donde la gente tiene valores demasiado extremistas, obvios, o definidos, ya que la ambigüedad y la impostura son su norma, y todo lo demás es anti-cool. No se expresa en cuestiones de política si no es a favor de las minorías, las ballenas, los bosques amazónicos, y las tribus africanas. Si bien gusta de los lugares desolados y un poco agrestes, la figura del macho como conquistador de territorios es visto como epítome de los valores imperialistas, que tanto le repugnan y que tan perniciosos son con las simpáticas minorías. De no haberse encontrado con maldoror y Artie, nuestro hipster habría terminado empomado por la Gioconda lesbiana del primer párrafo.

Secuestrar a un hípster es facilísimo. Basta con tentarlo con una edición en vinilo de algún disco de los Smiths, o de My Bloody Valentine, al cual se ata un piolín, del cual se tira hasta que nuestra presa cae en el baúl del auto, para luego ponernos en camino al sótano quirófano. Allí lo primero es la asepsia. Una mesa de metal bruñido, tal como el piso, han sido desinfectados con fluído Manchester ('Dieu et mon droit') Maldoror y Artie se disponen  a inmovilizar al paciente, al cual se le administra una dosis de propofol mínima como para que permanezca consciente. Nuestros profesionales se disfrazan con sendos disfraces. Artie eligió el de Ronald Mcdonald, y maldoror, el de Darth Vader. Ya estamos listos para nuestra actividad, que es otra de las grandes artes, la tortura, la cual no carece de criterios estéticos. Siguiendo un principio de simetría antropométrica minimalista, procedemos a extirpar las orejas del paciente, ya que, ¿para qué llevar esos dos discos cartilaginosos con esas circunvoluciones tan antiestéticas, cuando los órganos auditivos se encuentran en el interior del cráneo? El abducido e invountario paciente, debidamente amordazado, incrédulo de lo que le sucede, se agita en un evidente dolor, que sin embargo es mitigado por un goteo de fernet endovenoso administrado por una cánula. Claro, para ejercer la sección de un pabellón auditivo es necesario un tajo certero y rotundo, para luego depositarlo en la escudilla de Locrio, nuestro gato, que siempre espera con evidente regocijo estas delicias que se ofrecen a la sazón de la actividad quirúrgica. A continuación son los dedos de los pies, otra serie de feos apéndices corprales con los que más de la mitad de la gente no está contenta, una precaria herencia atávica de nuestros antepasados primates, inútil para el uso humano, una rudimentaria réplica de una mano tal cual la poseen los chimpancés, pero que para ellos es tan hábil como cualquier otro miembro. Los dedos son cortados con una tijera de podar, y arrojados al gato, como así también los testículos y el pene, y cuando nuestro paciente de 24 años es un montón de miembros trémulos y sanguinolentos, se da paso al toque maestro: se extirpan los globos oculares usando una cuchara de esas que se usan para cortar papas noisette. '¿Vos querías deconstructivismo, flaco?'- festeja Artie detrás de la máscara de pelirrojo payaso hamburguesero. Así, nuestro paciente fallece por reflejo vagal, y por la consabida secuencia de shocks, y por el paro cardíaco que provoca. 'Listo, me aburrí', dice maldoror, 'vamos a tomar unas cervezas'

2 comments:

salvador said...

colosal, como siempre.

maldoror said...

se agradece