Sunday, August 23, 2015

40


Y llegó otro fin de década. No es como otro aniversario cuando se redondea una cifra como los cuarenta. Es un momento en que uno evalúa, -y los demás asienten-, el cómo se llegó a esta edad. En lo personal, llego hecho mierda. El universo nos otorga una porción de materia, -nuestro cuerpo-, y le insufla un suspiro de energía. Desde allí, está en uno el cómo usamos ese avatar en la vida. Y es esta edad en la que tenemos que dejar de quejarnos, de achacar nuestro fracaso a cuestiones hereditarias, atávicas o ambientales, mamá, papá, o la suerte. La suerte no existe si no se sale a buscarla, y mi condición de claustrofílico me puso en suspenso frente al paso del tiempo, me abstuvo de actuar. La mía es una neurosis de lo más berreta, disfrazada de agudeza  intelectual. Un síntoma que se hace ubicuo, y que ahoga cualquier atisbo de proyecto, cualquier comienzo, que queda abortado en tripas por una autopsia precoz, por una sangría autoinflingida. La voluntad es materia prima desconocida para mí, un don como la fe, que se tiene o no se tiene, y no puedo entender a los que siempre están enfocados en algo, movidos por la premura de los plazos, o entusiasmados en proyectos. Siento que envidio la ceguera de los que todavía tienen ganas de viajar, trabajar o enamorarse. Puedo servir de consuelo al que vuelve derrotado de esas empresas,  al que quiera mirarse en las aguas calmas de mi desesperanza, al que quiera refrescarse en la sombra de mi sosegada tristeza, pero no puedo abrazarlos en el furor, en la alegría o en el entusiasmo. Tampoco puedo explicarles qué es estar en el pozo que estuve cavando estos últimos 20 años. Mi historia se escribe por omisión, mi presencia se hace palpable cuando no estoy allí. Envejezco en un cuerpo que acumula grasa en su resignado sedentarismo, pero mi escepticismo es siempre joven, siempre ágil. Se me dio el don de cincelar con el juicio las asperezas de los demás, de rellenar sus vacíos, de escucharlos, pero no puedo darles soluciones, porque no puedo solucionar nada en mí. El desaliento es un paisaje familiar ('the endless plain of misfortune'), y desde esta planicie puedo ver boludos que cabalgan de acá para allá. Yo soy el paisano que fuma, mira el cielo, y piensa 'para qué ensillar si parece que va a llover'.

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